lunes, 9 de agosto de 2010

Basta, ya es (auto)suficiente

Recibimos mensajes constantemente. Verbales, gestuales, sonoros, visuales… Constantemente. Pero siempre provienen de alguien a quien importamos, en mayor o menor medida. Siempre. Una caricia, un aviso, un grito, un anuncio, un consejo. Estamos rodeados de ellos, y quizás por estar inmersos en ese mundo comunicativo, a veces olvidamos la circunstancia que rodea al acto. Tendemos a enfadarnos cuando se nos recuerda algo varias veces seguidas, o cuando se nos propone algo aparentemente monótono, o cuando nos señalan algo que es obvio… Quizás olvidamos que la otra persona simplemente está intentando hacernos el camino más fácil, aunque desde luego, lo fácil es perderse en nuestro banal intento de marcar nuestros límites y nuestra independencia, nuestra autosuficiencia hegemónica. Un vano ensayo en casa de cómo nos gustaría jugar fuera, imponiendo, demostrando que tenemos talento, prudencia, memoria, capacidad. Pero es mentira (¿o no?). ¿Somos máquinas? ¿Estamos programados? No sé, es demasiado sencillo caer en ese vórtice de egolatría. Quizás queremos desprendernos cuanto antes de todo aquello que creemos que nos une a nuestros orígenes porque deseamos ser imagen en vez de esencia. Perdemos raudos y veloces la noción de la esencia y a menudo olvidamos que sin ella no somos nada, y que podemos volar poco tiempo con las alas de cera y plumas, el sol de la realidad acecha certero cuanto más nos alejamos de nuestra esencia. Y, ¡ojo!, no estoy diciendo que debamos ceñirnos a nuestros orígenes y responder cabizbajos y complacientes a todo aquello que se nos diga o sugiera o insinúe. Nada más lejos. Como siempre, Aristóteles tenía razón (o eso creo yo), quizás en el punto medio entre dependencia y autosuficiencia se encuentre la virtud. Quizás necesitemos tanto de los demás como de nosotros mismos para crear un avatar que aúne todo lo necesario para sobrevivir en la jungla. Quizás simplemente debamos dejarnos llevar sin olvidar que nuestros pies añoran volar pero necesitan pisar tierra firme con regularidad.

2 comentarios:

  1. Qué gran verdad. Claro ejemplo son los padres (aunque no los únicos, pero sí los más socorridos). Nos pegamos toda la vida intentando demostrar... ¿qué? ¿Que somos más maduros de lo que piensan? ¿Que somos autosuficientes? Pero luego en realidad, cuando perdemos esos recordatorios, esa preocupación por nuestra persona, simplemente lo echamos de menos. No se puede estar fingiendo eternamente que no necesitas a la gente. Como dijo un sociólogo: nadie puede vivir solo. Y tener a gente alrededor implica preocupación, llamadas de atención, consejos repetitivos.

    "Quizás simplemente debamos dejarnos llevar sin olvidar que nuestros pies añoran volar pero necesitan pisar tierra firme con regularidad."

    Siempre he creído que las personas son como el ancla de uno mismo. Sin ellas estaríamos soñando eternamente, cumpliendo planes puntualmente y destinados al fracaso generalmente. Y viceversa. Nosotros actuamos de ancla también, pero no nos damos cuenta. Es más fácil pensar que son los demás los que nos abruman con sus opiniones a que nosotros hacemos lo mismo.

    Como no quieres un comentario largo, lo voy dejando, que encima, seguro que me lo borra (HOLY COW!). <33

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  2. a veces nos gustaría depender menos del suelo de lo que dependemos verdad? :P

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