jueves, 12 de noviembre de 2009

Liberación

Querida Tú. Estoy harto. Me he hartado. Me has hartado. Llegaste (más bien reapareciste, aunque nunca te lo creyeras) con tus palabras, tus aduladores y reconfortantes discursos. Con esa petulancia y ese orgullo tuyos que jamás he soportado. Con tus ojos vivarachos y tus insinuaciones. Llegaron tus piernas y tus ideas. Tus miradas y tus caricias. Llegaron todas las risas del mundo y una complicidad horriblemente fuerte. Llegó el primer beso. Y acto seguido, llegó la primera gran frustración.

¡Falso! La primera gran frustración ya había llegado cuando, justo después de tus aduladores y reconfortantes discursos, en los que me hablabas de sentimientos profundos, remitías a tu situación en aquel momento: tu novio te quería demasiado y no querías hacerle daño, pero deseabas sobre todas las cosas (aunque luego vi que no eran todas) estar conmigo. Y yo, al ver que por primera vez alguien me mostraba ese tipo de atención, interés, afecto, llámenlo como quieran, te seguí como un perro faldero. Como un pagafantas.

En ese caso, como iba diciendo, llegó la segunda gran frustración. Nuestro primer beso, besos durante toda la noche, aparece otro tío, y besos con él también. ¡Qué genial! No sé cómo no me entraron ganas de saltar de alegría. Tirantez, por mi parte, por la tuya normalidad, los días siguientes. Yo eché todo lo que pude de mi parte y procuré olvidar todo aquello. Yo llevaba ya meses y meses muerto de celos, y así seguía y seguiría. Para el primer beso habían pasado unos…. 5 meses desde tu primera declaración de intenciones. Poco después nuestra graduación. Y al igual que todos los demás sábados, igual que todos los demás días de la semana, tú tan solo me dejabas con la miel en los labios. Siempre haciéndote de rogar, para que cuando yo me lanzara, descubrieras una cortina a mitad de salto que me hacía ver que la piscina estaba vacía. Y yo saltaba y saltaba día tras día. Pasó menos de un mes. La selectividad, el estrés frenético, los últimos cafés postexámenes, y llegó Salou. Un gran primer día, una gran primera noche juntos, tras la cual vino una devastadora conversación.

En esta conversación tú insistías en que eras demasiado mala para mí y que yo merecía a alguien mejor. Ahora no puedo estar más de acuerdo. En aquel entonces también lo estaba, pero te amaba. Estaba demasiado cegado por los designios del amor como para ver la cruda realidad. Yo seguía insistiéndote en lo mismo, que no eras mala ni me ibas a hacer daño, insistiendo en ello para convencerte a ti, y seguramente para convencerme a mí también. Dos días después, tu novio cometió una de sus múltiples garruladas (la más bestial de todas, si me lo permites, aunque a saber cómo serán las que te daba vergüenza contarme), que te llevó a dejarle definitivamente (algo que, oh, qué bonito, llevaba meses rondándote la cabeza).

Meses más tarde me confesarías que en aquel momento estuviste a punto de ofrecerme empezar algo serio conmigo (¿”ofrecerme”? ¿Quién soy, un triste lacayo a quien su señor le “ofrece” miserablemente un pacto poco favorecedor a cambio de perdonarle la vida?), pero que te daba muchísima vergüenza porque no sabías “qué impresión me ibas a dar si nada más cortar con él empezabas conmigo”. No voy a decir nada a esto, tan sólo te recordaré que 6 meses antes te me habías declarado y yo te había dicho que sentía lo mismo…

Sin embargo, oh sí, otra decepción más al montón. Resulta que, en vez de todo lo que habrías hecho de ser cierto esto que me confesaste meses después, fuiste a por un amigo de tu ya ex-novio que te gustaba (y tras el que ibas) semanas antes y durante nuestra semana en Salou, te dedicaste a obviarme y restregarme sin razón ni sentido todo lo que yo no podía aspirar a tener.
El verano fue pasando. Volvimos a Zaragoza, y como mejor amigo y confidente, al igual que durante los dos años y medio anteriores, seguiste contándome tus ansias y heroicidades en los campos amoroso-sexuales. Pero jamás nadie se preocupó por si a mí me apetecía escucharlo o si simplemente me sentaba bien conocerlo... El caso es que te liaste con un chico una noche de sábado en el casco (concretamente la semana después de volver de Salou. El sábado siguiente también y… ops! terminasteis saliendo juntos. ¡Qué monada! Por supuesto yo conocía todos los secretos de alcoba, como no podía ser de otra manera… Pero resultó que yo todavía seguía colgado por ti, y tú, pese a estar con él (como siempre) tampoco parecías no estarlo. Así que una noche surgió, y viniste a mi casa a pasar la noche. No pasó nada serio, ni nada de lo que yo ahora me estaría arrepintiendo, porque… no sé por qué. Y sin embargo, más tarde me lo recriminarías (reincido, como siempre). Esa noche me pareció perfecta, pero la historia se repitió una vez más. Increíble. Yo empezaba a estar cansado, pero todavía estaba colado, así que de poco habría servido nada…

Seguiste con él, aunque desde el principio quisiste dejarlo, o eso decías. Desde luego seguiste contándome tus noches de cama y tus días de vino y rosas. Llegaron pilares, por fin habías conseguido dejarlo con él. Y, ¿quién apareció? Pues parecía que era yo (gracias por tus gestos SIEMPRE contradictorios, dicen mucho de ti), pero no, era de nuevo el chaval por el que ibas detrás en Salou después de dejar a tu novio, qué adorable. Así que yo en pilares bien, bueno, pasando. Después quedamos el último día para hablar y me dijiste que fuera más egoísta, que ya no me podías asegurar nada porque lo que querías era “f***ar” con él. Sencillamente sublime, y te pones a contármelo a mí. Muy considerada. Así que estuvimos hablando, como siempre, todos los días un poco, pero ese mismo miércoles, no pude llamarte. Tú tampoco lo hiciste. El jueves me mandaste un sms ofreciéndome ir al cine esa noche, yo tenía planes y te propuse aplazarlo: pasaste. Después me llamaste, y me echaste la bronca del siglo.

Me dijiste que no estabas enfadada, y menos por lo del sms, sino que estabas cansada y decepcionada (si me lo hubieras dicho en persona me habría ido en ese preciso instante), que ya te había hecho esto muchas veces. Que yo era una persona muy de boquilla, que siempre te había dicho que eras lo primero en el mundo (lo eras) y que lo dejaría todo por verte (lo habría dejado, lo hube dejado), pero que luego era muy poco de actuar. Que no cumplía con mi palabra, que tenía demasiados compromisos y que siempre quedaba con demasiada gente y no tenía tiempo para quedar contigo. Que tú me habías defendido a capa y espada cuando la gente me criticaba (¿?) y que estabas harta de que yo te siguiera camelando y “comiéndote la oreja” cuando me apetecía.

Me hundiste. Lo repetiste todo tanto que hasta me lo creí. Me dejaste llorando y temblando, pero esto tampoco te lo crees. Estoy cansado, estoy harto, estoy hasta las narices. De que no me entiendas, de que seas tan promiscua, tan lanzada para unas cosas y tan exquisita para otras. De tu falta de escrúpulos y tu exceso de complejos. De tu orgullo, de tu barata petulancia y tu pedantería fingida. De tu necesidad de sentirte la dominante. Porque sí, tendrás carácter, y se te dará bien la oratoria, pero no pasas de una barata sofista. Estoy cansado de tus juegos, si hubieras querido algo, habérmelo pedido en condiciones, y haberte entregado en condiciones también. Cuando se trata de dos personas, ambas deben poner de su parte. Estoy cansado de tus intenciones, de tus intereses, de tu necesidad de acabar siempre por encima de los demás, de tu afán de superioridad y de querer destacar siendo el centro de atención. De tu ambigüedad y de tu bipolaridad.

Porque sí, soy raro, pero tengo mis razones. Estoy seguro de que si te preguntan por qué eres tan orgullosa, primero dirás que no lo eres, y luego dirás que es porque… porque… porque el orgullo es la marca de identidad de una persona, o alguna bobada filosófica plagiada de alguien.
Aborrezco tu bipolaridad una vez más. Sé que todos mandamos mensajes contradictorios para que la otra persona actúe al revés, pues es lo que queremos en el fondo, pero lo tuyo no tiene nombre. Ni tú entendías lo que querías decir. Es imposible que una persona llegue a decir tantísimas estupideces a la persona que supuestamente quiere y que la quiere, y que, aun viendo que éste está perdido, no haga nada por darle una pista o un sendero. Lo aborrezco, hasta límites incalculables. Lo aborrezco, como aborrezco tu interés por ir provocando a todo el mundo, vuestro lema “un amante en cada puerto”, los quince líos de la noche y f***ar con uno cada fin de semana. Si es no es promiscuidad, que baje Dinio y lo vea.

Estoy harto de que me encasilles en “bicho raro” por no ser como tú. Oh, vamos, lee este historial otra vez. Y ni siquiera he contado más allá de lo básico, y tan sólo de la relación entre tú y yo… calcula todas las demás.

Harto. Harto. Harto.

Pero por fin libre, liberado. Ahora ya no siento nada. Nada. Porque has llegado a alienarme de una manera tal, que ni siquiera sigo enamorado, colgado o colado por ti… Ni te odio. Es genial. Ahora somos amigos. Amiguetes como mucho. Y no sabes cómo lo celebro. Ni te lo imaginas.

martes, 10 de noviembre de 2009

Punto de inflexión

Hoy. Hoy es el día. Hoy se produce el punto de inflexión. A partir de hoy todo cambia. Todo va a cambiar. No precisamente por lo azaroso del destino o por la alineación de unos cuantos astros. Los astros van a seguir su curso hagamos lo que hagamos nosotros.

Hoy cambia todo porque yo lo decido. Sigo pensando todavía que es una decisión algo ególatra, o cuanto menos, egocéntrica. Siempre he tenido algo de vergüenza a llevarme la pelota a mi terreno. A ser yo quien lanzara primero la caña al mar. A optar al premio, pese a saber que tenía casi todas las de ganar. Siempre he preferido intentar hacer las cosas fáciles a los demás, al tiempo que me olvidaba un poco de mí mismo en detrimento del bien general, y aunque todavía creo que en parte es lo correcto, que en teoría es así como se debe actuar… a estas alturas pienso que es importante, más bien imprescindible, añadir un corolario que matice esta regla. Éste consiste en que voy a dedicarme en cuerpo y alma a:

a) A mí mismo: porque me lo merezco, porque estoy cansado de dar sin recibir, no por el hecho de recibir, sino por el hecho de no ver consecuencias en el acto de dar. Por la ausencia de agradecimientos, por la ausencia de empatía, por lo escatimado de los beneficios. Porque estoy harto de víboras y aguijones, de parásitos y sumisión.

b) A aquellos a quien importo: porque me he dado cuenta de que no obligatoriamente han de coincidir con aquellos que me importan, y eso es extraño, y en ocasiones puede llegar a ser doloroso. Deseo a partir de ahora ser, no más selectivo, sino más cuidadoso con las personas que me rodean a quienes quiero y que me quieren, porque no quiero herirles, no lo merecen. Por ello voy a intentar alejarme de todos aquellos que no aporten gran cosa a mi vida y de todos aquellos a quien no importe un comino.

¿Qué implica todo esto? Con esto simplemente quiero hacer saber (en realidad no es hacerlo saber, pues esto va a ser leído por menos de media docena de personas a quien yo lo transmitiré); con esto simplemente quiero dejar constancia de mi sincero intento de mejorar, en todos los aspectos, mi calidad de vida. Voy a intentar alcanzar todo lo que me propongo, porque me gusta comprometerme con muchas causas y muchas personas, pero me gusta mucho más poder satisfacer todas las expectativas. Voy a intentar no dañar a quien tengo a mi lado y evitar que quien tenga a mi lado me dañe a mí. Sin necesidad de crear corazas, tan sólo mi sentido común y algo más de objetividad podrán hacer milagros con algo de práctica. Voy a intentar olvidar. Hacer borrón y cuenta nueva. Dejar de lado la alienación y a todo aquel (toda aquella) que la hubo provocado, de manera que en el menor tiempo posible (eso sí, el justo y necesario) pueda volver a centrar mi espíritu en alguien a quien complementar y que me complemente. Voy a devolverle, o por lo menos a intentarlo, todo lo que se merece a una gran persona que espero deje de sufrir tanto como sufre por los demás, porque en el fondo somos iguales, he salido a ella y se nota, y por ello voy a intentar que compartamos una filosofía común, porque mi madre se lo merece.

Y esta, mi hoja de ruta, mi cuaderno de bitácora, mi cuaderno de a bordo, queda estrenada con la firme promesa de cambio de aires, de un nuevo mundo que se empieza a construir desde ya, con unos cimientos válidos y otros que hay que eliminar por completo, pero con la ilusión y la confianza más puras que se puedan imaginar. Hoy me siento pleno, y hacía mucho que no decía algo así.

Gracias, gracias, gracias, gracias…