domingo, 31 de enero de 2010

Relativitzatio

Uno de mis proverbios tibetanos favoritos dice: “Si un problema no tiene solución, para qué sufrir. Y si sí la tiene, para qué sufrir”.

Habitualmente es harto complejo hacer caso de esta enseñanza. A menudo tendemos a inmiscuirnos demasiado en nuestros asuntos, y en los de los demás; solemos involucrarnos tanto, tanto, que nos da igual el resultado: lo único que acaba por importar es la manera de poner una solución.

Sin embargo, yo hace tiempo que descubrí el arte de la relativización. No es una fórmula einsteiniana ni nada por el estilo, simplemente consiste en darle a cada cosa y a cada persona, a cada acción y a cada movimiento su importancia debida. No aportar más interés a una cosa que a otra que está al mismo nivel. Tan solo se basa en hacer un examen objetivo de las personas que nos rodean, de cómo actúan, de qué nos aportan y qué beneficios obtenemos y obtiene el sistema en general de ellos (y de nosotros mismos primeramente, desde luego), y sacar unas conclusiones a raíz de ello.

Con todos estos datos, si llegamos a sentirnos defraudados en algún momento, si nos sorprende algún golpe duro del destino o alguien nos traiciona, tan sólo hay que quitarle hierro al asunto (si bien es cierto que si quien nos hace daño es alguien a quien queríamos mucho, es muy complicado hacerlo), pensando que, bueno, pues esto pasó, tengo dos opciones: frustrarme y centrarme en mi sufrimiento hundiéndome en la miseria, o aceptarlo, pasar el tiempo justo y necesario de asimilación, y evolucionar, mejorar, hacerme más fuerte.

Simplemente me apetecía dejar constancia escrita de ello.

miércoles, 27 de enero de 2010

Alguien

Oh vamos, ¿acaso no (me encanta utilizar el “oh vamos, ¿acaso no…?) has probado nunca el amargo sabor de la desesperación? Del anhelo, de la injusticia, del deseo… Claro que sí, y deja un regusto extraño, pero que siempre merece la pena repetir. O al menos eso parece. Nunca escarmientas, siempre quieres más. Siempre tienes ansia por conocer el siguiente recoveco, dónde encontrarás el siguiente punto en común, la siguiente risa nerviosa, el siguiente comentario paródico basado en algo que te morías por exteriorizar…

Y no, no es por una persona, o sí (claro que lo es, a veces), puede ser por un sentimiento, o por un grupo de personas, por alguien con quien te cruzas por la calle, con quien misteriosamente compartes la manera de atarte los cordones, de enrollar los auriculares del mp3, o simplemente un autor literario o el champú.

Alguien que discrepa de tus ideas, que las echa por tierra, y así te hace poner los pies sobre ella, te ayuda a relativizar y a darle la vuelta a tus pensamientos. Te comprende, te intriga, te ofrece la dosis justa de misterio, te incita a soñar, a divagar, a imaginar. Hace que una sonrisa inunde tu cara de un extremo al otro.

Alguien que se ríe de ti, pero contigo. Alguien que no te presta un paraguas en un día lluvioso; te regala el suyo. Alguien cuya escala de valores ha sido erosionada a base de palos, y no por ello es menos íntegra que en cualquier otro momento. Alguien sagaz, capaz, locuaz, pero no fugaz.

Alguien que deja marca, alguien… que transmite, transporta, transforma. Alguien inherente, coherente, sugerente.

Alguien que realmente merece la pena, de esos que dicen que sólo conoces 5 a lo largo de toda tu vida. Alguien que trastoca tu trasfondo, que coloca tus cachivaches, que ordena tus prioridades de acuerdo con tu estilo, con tu escala, con tu esmero.

Oh vamos, ¿acaso nunca habéis soñado con ser ese alguien para alguien? Yo personalmente, aspiro a que alguien me considere ese alguien.